Aló Lo, Ja

Junio 11, 2007 at 3:46 am (Pinches Morros)

Once y treinta de la noche, era un jueves, hacía un frío terrible, pero ¿Qué podía esperar? Todas las noches de octubre son así de frías. Bueno, regresando al tema, faltaban treinta minutos para que yo comenzara con mi “trabajo” por que sí, esto aunque les pese a muchos es un trabajo, tan digno como un licenciado, un mesero o un médico, simplemente que lo mío es por debajo de la mesa.
Me senté en la acera y esperé frente a aquel viejo Bar, por que como casi todas las historias interesantes comienzan en un bar, esta no será la excepción.
Faltaban cinco minutos para las doce, y como yo siempre he tratado de ser lo más puntual posible entré al bar caminando muy despreocupadamente, algo tienen esos lugares de mala muerte que me relajan, ¿Será el olor de los cigarrillos quemándose? ¿Del alcohol derramado sobre las mesas? ¿O del sudor de los pobres diablos que se excitan cuando una mujer de “La vida galante” les pide un trago? El motivo no importaba, era simplemente la sensación y el placer de sentirme “como en casa”. Me senté en la barra, pedí una cerveza fría, me resulta curioso que a la gente le encanta beber cerveza fría en tiempos de calor, a mí no, en tiempos de calor prefiero refrescos o agua, la cerveza me sabe, como decirlo, ¿Amarga?, recapitulemos, estoy en un bar, con una cerveza en una noche fría de octubre, esperando el momento preciso para comenzar con mi “Encarguito”. Doce y cinco minutos… odio la impuntualidad, la cerveza está a la mitad, volteo a ver el reloj y sigue marcando las doce y cinco, bebo la cerveza de un trago y me recuesto en la barra.
La puerta del bar rechina, espero un momento y volteo, era él o al menos debía de serlo, se sienta en la barra a tres bancos a mi derecha, lo escucho pedir un Whiskey, cómo odio a la gente que se pone delicada con el alcohol… bueno, realmente nunca he tomado un vino o tequila, simplemente no se me antoja, así que doy por hecho que sabe a mierda.
Seguía recostado y lo veía de reojo, el sujeto esperaba alguien, y eso yo lo sabía a las doce y diecisiete debía de hacer mi primer movimiento, todo esto es como un enorme ajedrez, no me gusta el ajedrez, le falta acción, por eso prefiero la vida real, bueno, mi vida real. Faltaban dos minutos me levanté de mi lugar, y me senté a su lado, el bastardo ni siquiera me volteó a ver.
-Me parece que tu traje es horroroso- Le susurré al oído con tremenda seguridad.
Él no dijo nada, volteó a verme con la mirada perdida, aún no sé si por desprecio o por los efectos del alcohol consumido antes de llegar al horrendo bar.
-   ¿Me completas para otro vaso?- Dijo a duras penas, con el aliento apestándole – sólo cuatro pesos más, ándale.
Claro, era su última voluntad, ¿cómo no iba a cumplírsela? Digo, generalmente los que tienen la fortuna de pedirlas piden cenas en viejas prisiones, o un último día de vida, esta sería barata y rápida, me costaría sólo cuatro pesos. –Pídelo, yo te completo-
-Gracias, eres un buen amigo- Me lo recalcó en la cara, apenas pudiendo pronunciar esas palabras. Cualquiera con estas palabras sería “Tocado por un  ángel”, “Llevado a la senda del bien”, tú sabes, demás cursilerías que dice la gente para cambiar, pero yo no soy así, digamos que mi humor negro me hizo reírme un poco del asunto, el tipo pidió el Whiskey, Ya te habia mencioado lo mucho que odio estás bebidas, ¿Verdad? Lo bebió de un sorbo. Magnifico, parecía que todo iba a mi favor. Me levanté, pagué mi cuenta y le aboné cuatro pesos a la cuenta de él.
Me estiré un poco y lo jalé del cuello, tirándolo de espaldas al piso. Él era alto y gordo, por lo que la caía debió de haberle lastimado mucho, cayó en seco. Lo comencé a arrastrar a la salida del bar, todos miraron atónitos, pero nadie con la sobriedad suficiente como para hacer algo, quizás el tipo que servía las bebidas, pero obviamente no le importó. El hombre estaba tan ahogado que no se daba cuenta ni él de lo que pasaba. Dicen que cuando uno está tan ebrio, no siente dolor de casi nada, yo me iba a asegurar de que este no fuera el caso.
Una vez afuera, lo llevé a un callejón al lado del Bar, factor curioso, siempre hay un callejón sin salida al lado de algún bar, es casi una regla de toda historia interesante.
-¡Imbécil, espero hayas disfrutado tu último trago!- le gritaba mientras lo pateaba, él no podía ponerse de pie, cubría con sus manos su cabeza, pensando en aplacar un mínimo el dolor, claro que no lo lograría, lo escuchaba gemir y dejar caer algunas lagrimas, lo seguía llamando con todo tipo de obscenidades que se me ocurrían, había un problema, me estaba divirtiendo y ese nunca es el caso, soy una persona estrictamente profesional, laboralmente hablando, llego a tiempo, comienzo mi movida, me deshago de la víctima o “Target” como generalmente los llamo en horas no laborales. Por motivos divinos me estaba divirtiendo mucho con esto, ¿Liberaba el estrés acomunado de la semana? No era momento de preguntármelo. Saqué mi pistola y mi silenciador, los uní e hice que el tipo volteara boca arriba, para poder ver su cara antes de morir, insisto, nunca me habían dado ganas de hacer eso. Le disparé, y en menos de lo que dura un parpadeo, murió.
Me di la vuelta y me marché a mi casa, te preguntarás por qué no le robé nada. Nunca reviso los cuerpos de mis Targets, creo que es de lo más vulgar, no soy un ladrón, soy un empleado común y corriente.

Tomé la ruta larga para llegar a mi casa, crucé por el parque simplemente para distraerme un poco, me sentía incomodo, sólo había tenido esta sensación una vez, y fue cuando terminé mi primer labor. Aún tengo el recuerdo claro, fue en una tienda, el tipo estaba comprando los abarrotes, al salir me topé con el, le pedí disculpas y la hora, cuando se distrajo ¡Zaz! Disparo en el corazón, salí corriendo de ahí y oculto detrás de un auto aun podía ver que pasaba, ¿Podrías creerme que la persona que se detuvo a ver cómo estaba le robó la cartera? Qué vil es la gente de estos tiempos. Total, esta vez sentía como si algo no hubiera salido bien, llevaba mi récord invicto, no podía haber fallado.
Me detuve en la esquina del parque, donde había un puente, esperé que pasara un taxi y me fui a mi casa. Logré olvidarme de los malos presentimientos que se clavaban en mi espalda como dagas oxidadas y logré dormir bien. Otro día de arduo trabajo había concluido.
Al día siguiente mi teléfono sonó. Lo sé, en todas las historias el asesino a sueldo tiene un celular, para mantener privacidad, pero no me gustan esos, así que como todo hombre decente, uso el teléfono tradicional. Bueno, no nos desviemos, el teléfono sonó y me despertó, odio que pase eso, me levanté y lo contesté.
-Sergio, ¿qué pasó anoche?- Me decía la voz detrás del teléfono, asustada y apresurada. No entendía por qué tan asustado, así que me le solté un simple “¿De qué?”.
-Imbécil, no mataste a tu encargo ayer[...]

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